Le Monde Diplomatique-Imaginar, valorar, elegir

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Por Rainer Zimmermann (Hochschule München, Clare Hall-Cambridge), J.M. Díaz Nafría (Universidad de León)

Perteneciente al Suplemento “Redes Sociales” de Le Monde Diplomatique en español, Nr. 206 (Diciembre de 2012), p.ii-iii

El concepto de red surge como uno de los conceptos universales que hoy son comunes tanto al discurso científico como al cotidiano. En este segundo sentido, y como suele ocurrir con los conceptos cotidianos que se usan de forma poco sistemática, las causas y los efectos suelen confundirse. De hecho, tal y como fue constituido, el concepto de red aparece –como se vera más adelante– antes que nada como técnica de representación –más que como algo que existiera independientemente en el mundo. Bien mirado, las redes son en general medios de representación y planificación, y en esa medida constituyen modos de cognición humana que se emplean para propósitos de modelización, pero que no son propiedades de la naturaleza en sí, es decir, estructuras que también existirían aunque nadie las observara. Mientras que el discurso científico trata la conceptualización de fenómenos en todos los niveles de complejidad, el cotidiano trata exclusivamente con los aspectos sociales del mundo (esto es, en el más alto nivel de complejidad), sin una vinculación sistemática con conocimientos robustos y siempre en una forma difusa y aproximada.

Cuando hoy en día hablamos de “redes sociales”, éstas son generalmente entendidas con un sesgo tecno-social, que podría describirse como el conjunto de medios de comunicación y personas que –en virtud de los primeros– pueden interactuar entre sí. Se tiende a menudo a maximizar el primer aspecto –el de los medios técnicos usados–, pero obsérvese que si las redes sociales tienen un verdadero interés práctico es obviamente por lo que atañe al segundo aspecto. La razón por la que se enfatiza lo técnico radica en que las posibilidades de interacción –usando los nuevos medios técnicos–  suponen una diferencia significativa respecto a las que había en condiciones técnicas anteriores. Por otra parte, el hecho de que el medio de comunicación lo hayamos puesto nosotros hace que de él seamos más conscientes que de lo que, por ejemplo, lo somos respecto al aire que permite nuestras comunicaciones orales en las plazas. Esto no quiere decir que no haya medio de comunicación entre los que charlan en la plaza; lo hay (aunque nos resulte invisible), y es el que permite que la interacción se lleve a efecto.

Pero en cuanto a la red en sí, obsérvese que lo capital es, en todo caso, la posibilidad de interactuar, asumiéndose como red, no tanto las interacciones que se dan, sino las que pudieran darse; y de hecho no todas, sino aquellas de las que tenemos una cierta conciencia de su posibilidad (por ejemplo, si descubriéramos que sobre una determinada red social existe una red de espionaje, no entenderíamos ésta como parte de aquella red social, sino como algo parásito e indeseado que cambiaría la propia naturaleza de las interacciones y por ende de la red una vez que tal hecho se supiera).  Tampoco se concibe como constitutivo de la red todos los aspectos técnicos que posibilitan la interacción; de hecho, estos son minimizados y reducidos al hecho de que se pueda interactuar y la modalidad de dicha interacción. En definitiva, la red está constituida por lo que visualizamos como interacciones posibles.

Resulta interesante observar que este aspecto de la red como aquello de lo que se tiene conciencia, o resulta visible, ha estado presente desde los mismos orígenes de la utilización de la metáfora de red, primero por Malpighi hacia 1665 que, observando pedazos de piel al microscopio, comenzó a distinguir en ellos una estructura “reticular”; más tarde Euler en 1736 añadiría el cariz de posibilidad en su búsqueda de soluciones a problemas de carácter topológico, como el conocido problema de los puentes de Königsberg. A finales del XVIII los problemas relacionados con el establecimiento y optimización de nuevas conexiones –ya fuera para fines militares, comerciales o de comunicación– estuvieron muy presentes en la generalización del término de red, cobrando especial relieve en el XIX con las redes telegráficas y de ferrocarril. En ambas los medios resultaban singularmente visibles (cables y railes), aunque éstos en sí no representaban sino la posibilidad de enviar mensajes o de que los trenes circularan.1

Abstrayéndola del contexto, una red es en suma un conjunto de nodos y enlaces que exhibe una estructura característica de conexiones entre nodos, y que solemos representar mediante grafos constituidos por vértices y aristas. En cuanto a que no es necesario precisar sus significados, se trata de representaciones puramente formales a la vez que estáticas. Sin embargo, en la medida en que las conexiones en la naturaleza implican comúnmente interacción, subyace a estos diagramas una dinámica en la que los enlaces representan movimiento y los vértices agentes que operan sobre otros agentes mediante sus respectivas interacciones.

El tratamiento de las redes en estos términos, así como en sus características tanto probabilísticas como estructurales permite –entre otras cosas– vislumbrar el resultado del libre juego de los agentes y su comportamiento de conjunto, del que eventualmente pueden emerger nuevas cualidades. Estas cualidades son las que hacen posible la constitución de un nuevo tipo de agente que operaría en un nivel de complejidad superior. Se obtiene así, en esencia, una jerarquía de estructuras en varios niveles originada a partir de las grandes transiciones de red en las que una cantidad de conexiones espontaneas se convierte en nuevas cualidades que caracterizan niveles de complejidad superior (físico, biológico, etc). Este punto de vista, nos permite reconstruir la evolución de las estructuras existentes desde el nivel más fundamental de configuración del espacio-tiempo hasta el ser humano en sus aspectos sociales. En niveles inferiores podemos adoptar un punto de vista aparentemente externo, pero en lo social la perspectiva ha de ser necesariamente auto-referencial. Así, en recuperación de la antigua idea de kalokagathía (lo bueno-bello), debemos imaginarnos y –con ello– también el ámbito de nuestras posibilidades, conduciendo nuestra acción en función de criterios de adecuación –que vienen a ser estéticos.2

1 Mattelart, A. (2007). Historia de la sociedad de la información. Barcelona: Paidós, pp. 161-165

2 Zimmermann, R. (2012). On the Onto-Epistemology of Networks. IRIE 18, en prensa: www.i-r-i-e.net.

 

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