Le Monde Diplomatique-Cara y cruz

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Por J.M. Díaz Nafría (Universidad de León, Hochschule München), Rainer Zimmermann (Hochschule München, Clare Hall-Cambridge)

Perteneciente al Suplemento “Redes Sociales” de Le Monde Diplomatique en español, Nr. 206 (Diciembre de 2012), p.ii-iii

En la última década, se ha extendido el interés por las cuestiones de seguridad, pero contradictoriamente, este avance ha sido coincidente con un retroceso significativo de los sistemas de seguridad social y la consolidación de una sociedad de la información, idealizada como una comunidad global, transparente y carente de fronteras. Esta inconsistencia –a pesar de los cambios efectuados a raíz del 11 de septiembre en el discurso y la práctica política– puede adscribirse a las contradicciones inherentes al discurso liberal respecto a su intervencionismo y proteccionismo en fases críticas. Bien para velar estas contradicciones o para hacerlas más atractivas a ciertas audiencias, el discurso liberal parece preferir “confianza” cuando se dirige a la parte gobernada y “seguridad” a la gobernante.  Podría, no obstante, verse la confianza y la seguridad como dos caras de una misma moneda que se voltea dependiendo de la audiencia y dependiendo de la severidad de los problemas comprometidos. Es más, podemos preguntarnos si este énfasis en la seguridad –enfatizado desde el 11 de septiembre y relativamente ausente en la década anterior1– no puede considerarse sino como una fase de un péndulo presente en la historia del liberalismo a lo largo de los siglos, en el cual el papel de las instituciones como garantes de la seguridad y el orden es sopesado de un modo diferente a tenor del sentimiento de peligro.2

Una clave para comprender las fuerzas que mueven el péndulo podemos encontrarla en los textos fundacionales del liberalismo clásico. Así por ejemplo, leemos en Locke: “De aquellos que se estiman tanto entre sí como para unirse en sociedad, no puede sino suponerse que tuvieran un cierto conocimiento y amistad mutua, así como cierta confianza recíproca; tampoco podrían dejar de sentir mayor aprensión hacia los extraños que entre ellos mismos; en consecuencia, su primer cuidado y pensamiento no podría ser otro que el de asegurarse a sí mismos frente a las fuerzas extranjeras. Érales, pues, natural ponerse bajo el marco de un gobierno que pudiera servir de la mejor forma posible a es fin…” De esta observación lockiana pueden extraerse varios aspectos fundamentales de la doctrina liberal –cuyas huellas pueden encontrarse en otros muchos lugares del liberalismo clásico– y que dan cuenta de la bipolaridad a la que aquí nos referimos: por una parte se hace patente el objetivo de garantizar la confianza entre los asociados como requisito para el despliegue del juego liberal, pero por otra ésta se ejerce mediante la creación de un marco político que establece un afuera de “extraños” y un adentro de “asociados”. De la delimitación que se haga en lo concerniente a quienes quedan a un lado y otro de la frontera y de qué métodos se emplean para establecerla, así como la de las condiciones que se consideran claves para el mantenimiento de la confianza se deriva todo un espectro de liberalismos de muy diverso cuño, de Burke a Bentham; de Hayek a Keynes.3

Pero otra de las claves para la comprensión de la dinámica pendular antes aludida nos la ofrece el economista alemán del s. XIX, Friedrich List: “Cuando alguien ha alcanzado la cumbre de la grandeza, constituye un procedimiento muy común y sagaz, el que éste dé un puntapié a la escalera con la que ha subido, para evitar que los otros puedan subir detrás de él.” Como a su vez muestra H.J.Chang, la historia del librecambismo está jalonada desde sus inicios por la sucesión de etapas proteccionistas seguidas de otras de severa imposición librecambista a su vez combinadas con medidas de intervencionismo que más allá de garantizar una mera “seguridad frente a las fuerzas extranjeras” han concurrido al logro de la supremacía comercial.4

Resulta bastante evidente que lograr la confianza entre los miembros de una sociedad resulta clave para su articulación armónica, y que ésta a su vez depende –según la famosa pirámide de Marlow–  de la satisfacción de la necesidad de seguridad. Sin embargo, en el despliegue del concepto liberal de confianza, que puede traducirse en los términos más amplios de pertenencia a una comunidad, se vislumbran las limitaciones metodológicas para lograr la seguridad o la confianza. Si nos fijamos en los componentes del modelo de confianza liberal, recientemente sintetizado en un informe de la comisión europea dentro del marco de la sociedad de la información: “A confía en B para hacer X”, observamos que –en clara fidelidad con los dogmas liberales– ésta se funda en una relación estrictamente interindividual, mientras que la “confianza en la sociedad de la información” –sobre la que se pretende reflexionar–  sería un estado claramente colectivo.5

Esta aproximación a la hora de analizar las condiciones que permitirían garantizar una cierta armonía social presenta dificultades formalmente análogas a las del método newtoniano a la hora de abordar la estabilidad del sistema planetario. Debe recordarse que la incapacidad de confrontar por este método el problema de la interacción entre múltiples cuerpos sembró sobre el propio Newton la sospecha de una periódica intervención divina y durante décadas el temor al colapso planetario. Y debieran quizá recordar los tecnócratas liberales la manera en que Laplace resolvió la cuestión: teniendo en cuenta el efecto que cada parte ejerce sobre las demás y la dinámica del conjunto, y probando que cuando determinadas condiciones globales se dan –como ocurre en el sistema planetario– el sistema puede seguir girando en armonía. Quizá despertaríamos así de la pesadilla de destrucción de los sistemas de seguridad social hacia un mañana de construcción de uno de escala planetaria, heredero de aquellos y adaptado a las condiciones de la sociedad de la información.6

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1 Mattelart, A. (2007): Historia de la sociedad de la información. Barcelona: Paidós, pp. 161-165

2 J. A. Melón (ed.). (1998): Ideologías y movimientos políticos contemporáneos. Madrid: Tecnos, pp. 47-64.

3 Ibid.; Cita de J. Locke (1690): Second Treatise on Government, §107.

4 Chang H.J. (2007): Lecciones de historia para librecambistas. Punto de Vista-LMDe, 4, pp. 12-17

5 RISEPTIS (2009): Trust in the information society. Luxemburg: European Commission.

6 Díaz Nafría, J.M. (2011): The Need for an Informational Systems Approach to Security. TripleC, 9(1), pp. 93-121

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