Le Monde Diplomatique-Un fantasma recorre la aldea global

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Por Francisco Álvarez Álvarez (Universidad Nacional de Educación a Distancia)

Perteneciente al Suplemento “Redes Sociales” de Le Monde Diplomatique en español, Nr. 206 (Diciembre de 2012), p.ii-iii

El conocimiento abierto y las redes sociales constituyen un nuevo fantasma ante el cual se agitan muchas fuerzas de la vieja sociedad, que tratan de defender sus viejos privilegios y derechos. Se genera una suerte de nueva santa cruzada contra los nuevos derechos y las nuevas formas organizativas facilitadas por la expansión de las tecnologías de la información y la comunicación, que amenazan con transformar radicalmente parte de los cimientos tradicionales de nuestras sociedades, sus formas de propiedad y las más diversas formas de organización, producción y distribución de los bienes.

Desde la vieja derecha y la vieja izquierda se lanzan multitud de improperios sobre los peligros y las amenazas que supone el acceso al conocimiento como bien público y la posibilidad efectiva de participación de masas organizadas, que no se someten sin más a dirigentes carismáticos o que irrumpen en todas las esferas del poder con demandas sobre transparencia, apertura y disponibilidad de datos que puedan ser elaborados y utilizados para ofrecer propuestas sociopolíticas capaces de generar bienes públicos de nueva generación.  Se trata de un fantasma que llama a las puertas de muchos y diversos espacios de poder y sociabilidad, que ataca directamente a los espacios sagrados del poder y sus secretos, permite afrontar directamente la generación, organización y control de la información y su correspondiente, al parecer obvia, capacidad  generadora de ámbitos exclusivos de poder.

Sin duda es esta una lectura conscientemente realizada desde cierta clave optimista de la voluntad, aunque creo no desatender al imprescindible pesimismo de la inteligencia que nos avisa de la posibilidad técnica de un auténtico Gran Hermano de la vigilancia global, que puede condicionar todas nuestras prácticas con su omnímodo poder.  Pero, en definitiva, quiero insistir, no estamos ante un problema principalmente tecnológico sino ante una cuestión  fundamentalmente política.  De política es de lo que se habla en las redes sociales y política es la posibilidad de apoyarse en esas mismas redes para potenciar nuevas capacidades para la transformación económico-social.

Para comprender en parte algunas de las transformaciones que parecen venir de la mano de ciertos cambios tecnológicos resulta, en mi opinión, muy conveniente abandonar una concepción lineal y determinista de los procesos sociales, de la innovación, del desarrollo de la ciencia y de la estructuración de las sociedades, que es heredera de la ciencia decimonónica y de la ilusión ilustrada de creer que es posible determinar las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad y que, a partir de ellas, podremos trazar el futuro cual si de un dibujo o diseño con tiralíneas se tratase. Estamos muy lejos de esas esperanzas utópicas y pesadillas distópicas, y conviene tenerlo en cuenta para la práctica social en muy diversos escenarios.

No parece razonable aceptar a la vez el principio de la indeterminación del futuro, la no correspondencia entre programa e ideología y su correspondiente plasmación en la práctica, aceptar la emergencia de resultados inesperados y no deseados, hablar con insistencia de la incertidumbre de los procesos sociales y, a renglón seguido, adoptar un esquema muy cercano a la teoría conspiratoria de la historia y asignar un poder ineludible de diseño del futuro a quienes consideramos enemigos de los pobres y desheredados de la tierra.

Las redes sociales tecnológicas constituyen, en mi opinión, un momento muy destacado de la emergencia de la complejidad social en clave no determinista. La rápida adopción masiva de los instrumentos tecnológicos más diversos, incluso en su caso extremo los nuevos modelos de smartphone o la última o penúltima aplicación para Android o IOS, nos muestra con fuerza la indeterminación de los procesos sociales y pone de manifiesto la importancia de la intencionalidad, la iniciativa individual junto a la acción colectiva organizada intencionalmente y los márgenes de la libre voluntad.

En las redes sociales tecnológicamente mediadas nos encontramos con una auténtica caja de herramientas para la transformación social. Como en otros momentos históricos la resistencia a la adopción de una tecnología y su satanización como productora de  todos los males que nos aquejan se repite de manera persistente.  Sin duda, buena parte de los productos tecnológicos que hoy incorporamos por doquier están plenamente atravesados por precisas caracterizaciones ideológicas y, su inserción en las prácticas sociales, están teñidos principalmente por orientaciones de consumo generador de falsas necesidades.

Ahora bien, incluso aunque aspectos centrales de su invención estén cargados de valores muy alejados de la producción de bienes públicos, y muy distantes de principios de igualdad y solidaridad, todo ello no debería hacernos olvidar su potente eficacia social ya que, muchas veces, esas nuevas tecnologías abren la posibilidad de abordar tareas que hasta ese momento eran absolutamente imposibles.  La reacción negativa frente a la tecnología es compartida por una amplia suerte de tecnófobos que no siempre se corresponden con una parte específica del espectro ideológico. Más bien es toda la gama de posiciones ideológicas y políticas la que se ve atravesada ortogonalmente por las corrientes tecnofóbicas que de diversas maneras interpenetran los espacios sociales.

Sin embargo, una simple mirada a los proyectos de reforma del código penal, que esperemos no culminen exitosamente, nos orienta sobre los auténticos temores que desde las esferas del poder establecido se tiene a la potencia organizativa y a la fuerza de las redes sociales como herramienta para la transformación, la reivindicación organizada y el diseño de nuevas políticas. Está bien claro que se pretende evitar la organización social en las redes y, de igual manera, limitar la posibilidad de acceso abierto al conocimiento disponible por querer restringir privada y exclusivamente el derecho de uso y explotación del conocimiento socialmente producido.

La triple transformación que ha supuesto Internet, los dispositivos móviles y las redes sociotécnicas, genera un auténtico cambio de base de nuestra sociedad en la que emergen individuos interconectados que mantienen multitud de conexiones débiles con otros agentes, de manera que, conjuntamente, adquieren nuevas capacidades y son capaces de generar nuevas prácticas y nuevos bienes sociales. En el reciente libro de Lee Rainie y Barry Wellman: Networked. The New Social Operating System se muestra un interesante panorama de los cambios que se producen en múltiples niveles de nuestras formas de vivir y actuar. Un auténtico nuevo modo de organización y de realización de la actividad social está llamando a las puertas de nuestras sociedades. Podemos actuar a distancia, algo impensable hasta hace muy poco y que, de paso, nos hace más responsables. Sentimos que ante determinados desastres  nuestro deber de solidaridad es mayor, y no deberíamos olvidar que cuando actuamos con esas nuevas capacidades estamos actuando sobre seres humanos. Se abren nuevas vías de acción  sin duda llenas de oportunidades para el delito y el crimen,  para el control y el dominio, pero, como en “la vida misma” también tenemos nuevas posibilidades para otro tipo de acción cargada de valores cercanos a la solidaridad, la defensa de la libertad y propiciadora de la igualdad.

Hay quienes han pretendido describir el  levantamiento popular egipcio como la Revolución de Twitter. Desde luego no lo fue, los motivos de la insurrección popular en Egipto, los antecedentes de lucha y acción colectiva de masas resultan sencillamente impresionantes. Ahora bien, eso no significa que,  adoptando equivalente actitud simplista, pretendamos capitidisminuir la importancia de las redes sociales tecnológicas en casi todos los procesos políticos contemporáneos, desde la revolución egipcia a las últimas elecciones a la presidencia de los USA.  Como se dice en el interesante libro Tweets desde Tahrir de Nadia Idle y Alex Nunns, las revoluciones no caen del aire y tampoco caen del ciberespacio. Sin embargo, Internet suministró unas herramientas que ayudaron a conformar las fuerzas de la revuelta y nos dio algunos de los instrumentos más importantes para mantener una cobertura en tiempo real  antes nunca registrada.

En cierta manera cercana a lo que nos transmite en su poema “Agradecimiento”, la poeta y premio Nobel, Wisława Szymborska: “Debo mucho a quienes no amo… cuando nos separan lejanos países… es gracias a ellos  que vivo en tres dimensiones… no les debo nada”, uno de los agentes sociales que emerge con nuevas y mayores capacidades generadas por las tecnologías de la comunicación es precisamente la multitud, la masa y su capacidad efectiva de actuar como agente del cambio. En mi opinión estamos ante una fase emergente de la actividad colectiva capaz de generar bienes que antes estaban asociados a una producción fundamentalmente individual  y acotada, reducida a los especialistas; se trata de una nueva capacidad de la que ya se está comenzando a dar cuenta en muy diversos campos de investigación y de la acción social. Resulta particularmente interesante, por ejemplo,  el libro de Cass R. Sunstein Infotopia: How Many Minds Produce Knowledge para un panorama sobre los cambios en la vida social y en las posibilidades de acción que emergen en estos nuevos espacios mediados tecnológicamente. Algunas de esas ideas fueron puestas en práctica por el mismo Sunstein en su periodo de asesor directo en  la primera administración Obama.

Los cambios generados por nuevas posibilidades para la acción y la producción de conocimiento están resultando ya muy significativos en ámbitos aparentemente menos susceptibles de verse transformados por la acción conjunta de múltiples mentes. Me refiero a los variados territorios de la producción científica, desde la astronomía o la matemática pasando por la epidemiología y la física hasta la sociología o la filosofía. Es muy probable que asistamos a cambios muy importantes en las formas de hacer y practicar la ciencia, por ejemplo basta consultar todo lo que hoy comienza a conocer con el nombre de “humanidades digitales”. Un buen resumen de muchos de esos logros y de las nuevas tendencias aparecen en el muy recomendable libro  de Michael Nielsen (2012): Reinventing Discovery: The New Era of Networked Science.

Para terminar parafraseando la misma introducción al Manifiesto Comunista con la que comenzaba esta nota,  ya es hora de que se expongan a la faz del mundo entero los conceptos, fines y tendencias de las prácticas en la nueva sociedad híbrida e interconectada, para oponer a la leyenda del fantasma del peligro de las redes y del control universal un manifiesto favorable a la comprensión del profundo cambio social que puede generarse por la posibilidad de intervención directa de las masas, algo que jamás ha ocurrido en la historia de la humanidad. En definitiva, aparece en el horizonte la auténtica posibilidad tecnológica de enmendarle la plana al Ortega de La rebelión de las masas.

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